Alfredo Bryce Echenique: el niño Julius se fue a su mundo

Destino Panamá
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El último gran narrador del boom latinoamericano murió el 10 de marzo de 2026 en Lima, a los 87 años. Con él se cierra un capítulo irrepetible de la literatura en español: el de un escritor que retrató a los ricos con ternura y sorna, y que convirtió el amor y la melancolía en una forma de vida.

Alfredo Marcelo Bryce Echenique nació el 19 de febrero de 1939 en Lima, en el seno de una de las familias más ilustres de la oligarquía peruana. Su padre, Francisco Bryce Arróspide, era banquero, y su madre, Elena Echenique Basombrío, descendiente directa de uno de los presidentes de la República. Su tatarabuelo, José Rufino Echenique, había gobernado el Perú entre 1851 y 1855. La sangre que corría por sus venas era la misma que, décadas después, él diseccionaría en sus novelas con bisturí y carcajada: la sangre azul y algo rancia de la alta burguesía limeña.

Esa infancia dorada —mansiones con jardines inmensos, colegios de internado inglés, sirvientes mudos y fieles— fue al mismo tiempo el paraíso y la prisión que marcaría toda su obra. Cursó la primaria en el Colegio Inmaculado Corazón y luego ingresó al internado británico San Pablo, la misma institución que inspiraría, años más tarde, el mundo cerrado y asfixiante de su primera novela. Después se matriculó en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde estudió primero Derecho y más tarde Letras, la carrera que le revelaba quién era de verdad.

En aquellos años universitarios se fraguó el escritor. San Marcos no era la Lima de su infancia, era otra Lima: bulliciosa, política, sanguínea. Bryce Echenique navegó entre ambas orillas con la gracia torpe del personaje que no sabe del todo a qué clase pertenece. Esa ambigüedad, lejos de hundirlo, se convirtió en el combustible secreto de su literatura.

París, Ribeyro y el nacimiento de un estilo

En 1964, Bryce Echenique tomó el camino que tomaban entonces los escritores latinoamericanos que se tomaban en serio: cruzar el Atlántico. París era la capital del mundo literario, y allí lo esperaba Julio Ramón Ribeyro, el otro gran cuentista peruano, delgado como un verso de Vallejo, fumador empedernido, que se convertiría en su hermano de letras. Fue Ribeyro quien le regaló el título de su primer libro: Huerto cerrado (1968), una colección de doce cuentos que recibió mención en el Premio Casa de las Américas y en los que ya asomaba, inconfundible, esa voz entre melancólica y burlona que lo haría único.

En París se diplomó en Literatura francesa clásica en la Sorbona en 1965 y en Literatura contemporánea en 1966. Luego enseñó en Nanterre, en Vincennes, en Montpellier. Era el latinoamericano educado en Europa que aún llevaba Lima cosida en los adentros, y esa tensión —entre el viejo mundo y el nuevo, entre el pasado aristocrático y el presente bohemio— alimentó todas sus páginas.

Un mundo para Julius: retratar a los suyos desde dentro

En 1970, Bryce Echenique publicó la novela que lo cambió todo. Un mundo para Julius es la historia de un niño de la oligarquía limeña que crece entre sirvientes leales, fiestas de jardinería y una familia incapaz de ver más allá de sus propias convenciones. Julius es inteligente, sensible, y lo que descubre al crecer —la hipocresía de su clase, la distancia insalvable entre los señores y el resto del mundo— duele con la misma intensidad que una traición de amor.

La novela fue una revelación. Bryce Echenique hacía algo que nadie había hecho antes en la literatura latinoamericana: retratar a los ricos desde dentro, sin el odio militante del escritor comprometido ni la complicidad servil del cronista social, sino con una ironía tierna y una mirada que, siendo la de un niño, era más lúcida que la de todos los adultos que lo rodeaban. La crítica fue inmediata. Ganó el Premio Nacional de Literatura de Perú en 1972 y fue galardonada como Mejor Novela en Francia en 1974. Publicada por la editorial Barral en España, llegó a lectores de todo el mundo hispanohablante que reconocieron en Julius algo universal: la infancia como territorio de la verdad.

Con esta novela, Bryce Echenique se convirtió en lo que siempre fue: un escritor de un solo mundo profundo, capaz de recrearlo en cuarenta variaciones distintas. Sus detractores dirían, con cierta crueldad, que escribió cuarenta libros sobre el mismo tema. Él respondía que sí, con una sonrisa: “Es que ese tema es toda la vida”.

El díptico de Martín Romaña: el amor en París como campo de batalla

Si Un mundo para Julius era la infancia, La vida exagerada de Martín Romaña (1981) fue la madurez. En ella, un escritor latinoamericano radicado en París narra sus memorias entre el humor y el desastre: un matrimonio con una militante marxista, una París que no termina de abrirle las puertas, una vocación literaria que se sostiene a base de vodka y obstinación. La novela, narrada en primera persona con una oralidad deslumbrante, es el retrato más autobiográfico y más hilarante de Bryce Echenique.

La siguió El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985), formando juntas el díptico que el propio autor bautizó como Cuaderno de navegación en un sillón Voltaire. Entre ambas novelas se despliega un mapa emocional completo: el amor que fracasa, la amistad que salva, la soledad que acecha y el humor que, como escudo frágil pero honesto, permite seguir viviendo.

El gran viajero: entre Europa y su Lima irrecuperable

Bryce Echenique fue un escritor nómada que siempre añoró quedarse. Desde 1964 hasta 1999 vivió en Francia, Estados Unidos y España —especialmente en Madrid, donde residió desde 1985—, y en cada etapa el exilio voluntario alimentó su nostalgia creativa. “Lima es la primera ciudad de mi vida”, escribió en sus memorias, Permiso para vivir (1993), el primero de tres volúmenes de antimemorias que constituyen quizás su obra más personal junto a Un mundo para Julius.

En 1975 obtuvo una beca de la Fundación Guggenheim y viajó a Estados Unidos, donde recorrió el Sur profundo y escribió las crónicas reunidas en A vuelo de buen cubero (1977). En 1989 se casó en España con la asturiana Pilar de Vega, su segunda esposa. Cuando regresó al Perú en 1999, después de treinta y cuatro años de ausencia, lo llamó un “exilio voluntario”. El reencuentro fue agridulce: el país había cambiado demasiado y él lo denuncia en Permiso para sentir (2005), el segundo volumen de sus antimemorias.

En 2004 se casó por tercera vez, con la abogada peruana Ana Chávez. Sus últimos años los vivió en La Punta, el balneario del Callao, mirando el mar con la ironía tranquila del que ya ha dicho todo lo que tenía que decir.

Premios, polémicas y el fantasma del plagio

La carrera de Bryce Echenique estuvo marcada tanto por los reconocimientos como por las controversias. En 1998 recibió el Premio Nacional de Narrativa de España por Reo de nocturnidad. En 2002, el Premio Planeta por El huerto de mi amada, una comedia romántica que retomaba sus temas eternos: el amor imposible, la diferencia de edad, la Lima de la alta sociedad.

Pero la sombra que persiguió sus últimas décadas fue la del plagio. En 2007, la académica chilena María Soledad de la Cerda descubrió que dieciséis de sus artículos periodísticos —no sus novelas— habían sido copiados de otros autores. El escándalo sacudió el mundo literario hispanohablante. En enero de 2009, un tribunal administrativo peruano lo condenó a pagar una multa de 177.500 soles (unos 53.000 dólares). Bryce Echenique intentó primero negar su autoría de los artículos y luego minimizar el asunto. Nunca lo resolvió con elegancia, y eso le pesó.

La herida se reabrió en 2012 cuando la Feria Internacional del Libro de Guadalajara le otorgó el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances —el antiguo Premio Juan Rulfo—, dotado con 119.000 euros. Escritores de la talla de Fernando del Paso y Juan Villoro protestaron públicamente, argumentando que no se podía premiar a un plagiador. La organización entregó el galardón en privado, en Lima, evitando la ceremonia pública en Guadalajara. Fue una rendición incómoda de ambas partes.

Un estilo como ningún otro: el humor como forma de supervivencia

Más allá de las polémicas, lo que quedará es la voz. La voz de Bryce Echenique es una de las más reconocibles de la literatura en español: una oralidad torrencial, llena de paréntesis y divagaciones, de frases que se doblan sobre sí mismas para añadir un matiz más, siempre un matiz más. Es una prosa que habla, que cuenta, que se ríe de sí misma.

Su secreto era la alquimia entre el humor y la melancolía. “Hay que matarse de risa y de amor”, decía. Sus personajes —Julius, Martín Romaña, Pedro Balbuena, Carlitos Alegre— son siempre inadaptados tiernos, hombres que no terminan de encajar en el mundo que les tocó, que buscan el amor como quien busca una patria y que fracasan de manera espectacular, pero siempre con elegancia y una copa en la mano. Él mismo se reconocía en ellos. “Todo lo que me marcó está en mis libros”, confesó en múltiples entrevistas.

Solía corregir sus textos con unas copas encima y revisarlos al día siguiente con la lucidez de la resaca. “Se corrige mejor estando así. Uno es más atrevido”, bromeaba, muy en serio. El vodka era su musa química; la amistad, su otra religión. Escribió, según sus propias palabras, “para que mis amigos me quieran más”.

El último adiós

La mañana del 10 de marzo de 2026, Alfredo Bryce Echenique murió en Lima a los 87 años. Había nacido en esa ciudad y en ella quiso terminar, como antes lo hicieron Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro —los otros dos grandes de las letras peruanas del siglo XX—, quienes también regresaron a la capital del Perú para comenzar a ser eternos.

Las reacciones no se hicieron esperar. Álvaro Vargas Llosa, hijo del Nobel peruano y amigo del fallecido, escribió: “Fue uno de los grandes escritores peruanos y de la lengua española. Su obra lo sobrevivirá”. El escritor Jorge Eduardo Benavides lo despidió en las redes con palabras íntimas: “No solo fue un grandísimo escritor, con un estilo absolutamente personal, certero, fino, lleno de deliciosos hallazgos (…) fue también una gran persona y un amigo leal, cariñoso y lleno de detalles”. La Casa de la Literatura Peruana y la Presidencia del país expresaron sus condolencias. El mundo literario de habla hispana guardó silencio un instante antes de empezar a leer a Bryce otra vez.

Su última obra publicada fue Desde la Hondonada 1 (2024), ya en el crepúsculo de sus años. Antes, en 2021, había publicado Permiso para retirarme, el tercer volumen de sus antimemorias, como si necesitara pedir permiso incluso para irse.

El título de aquella novela de 1995 resuena ahora con la ironía que tanto amaba: No me esperen en abril. Al final, se fue en marzo. Con la elegancia oblicua de sus personajes, con el humor de quien sabe que la vida, como sus frases, siempre añade un paréntesis más de lo previsto.

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