SANTIAGO ANGUIZOLA DELGADO: letra y voz en la memoria chiricana

Manuel E. Montilla
Investigador visual y literario
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Texto e ilustraciones: Manuel Montilla

Y cantaré mientras que altivo alumbre
el esplendente sol desde la cumbre
del gran Barú hasta el inmenso llano
para decirle con orgullo al mundo
que no en sus glorias mi esperanza fundo,
que es mi gloria mayor: SER CHIRICANO.»

Santiago Anguizola Delgado marca el paisaje cultural chiricano como una atalaya que no solo se yergue altiva sobre el Barú indómito, sino que enseña a mirar lo profundo del alma de la región y a través de ella concretar al mundo. Su palabra poética no se contenta con realizar la nomenclatura de lo visible; lo convierte en letra y en canto. En sus versos se reconoce la geografía: ríos que murmuran antiguos mitos, montes que guardan memoria y geografía, y entornos que respiran historias compartidas. Cada poema
es un mapa donde el chiricano aprende a orientarse en el territorio íntimo y colectivo, y donde la lengua se vuelve herramienta y laboratorio para explorar la identidad regional.


En la obra de Anguizola Delgado la poesía funciona también como método. Sus imágenes son ejemplos didácticos de cómo una metáfora puede sintetizar una biografía regional, cómo una anáfora puede instaurar rituales de memoria y cómo el ritmo puede enseñar a escuchar la cadencia ancestral de un pueblo. Sus texto se construyen como modelos de precisión léxica y hondura conceptual. Enseña, sin didactismo frío, que la economía del signo y la valentía de la imagen son pedagogías más eficaces que cualquier lección magistral.

Abra el surco en la gleba tu misma mano;
que el sudor de su rostro fecunde el suelo;
lanza cada semilla con un anhelo
y siembra una esperanza con cada grano.

Trabaja cuanto puedas, que bajo el cielo
nadie ha hecho ninguna labor en vano:
hay siempre una conquista por cada vuelo
y una América oculta tras cada arcano.

Lucha, que aún es tiempo y la vida corta,
la faena comienza, que nada importa
lo fatigosa y larga que ella te sea.

La cosecha es el premio de lo sembrado:
el hombre su sustento debe al arado
y su progreso el mundo debe a la idea.»

En la radio, Santiago Anguizola fue más que un presentador: fue constructor comunitario.
Su voz radiaba una autoridad contenida que invitaba al diálogo y que posicionaba la palabra local en el centro del debate. La programación que dirigió y las entrevistas que condujo se distinguen por una sensibilidad que combina curiosidad periodística y exégesis cultural. Su programa radial «El Chiricano» no solo informó; enseñó a la audiencia a escuchar, a distinguir matices, a valorar las historias menores que configuran la gran historia de la comunidad. Por eso su legado radiofónico no es solo archivo sonoro; es una escuela de ciudadanía.

Como periodista, Anguizola Delgado practicó una escritura de compromiso con la verdad y con la dignidad de las voces que retrataba. Sus crónicas y reportajes articulan una ética del relato: respetar la palabra del ciudadano, reconstruir contextos, ubicar hechos en marcos históricos que expliquen sin justificar. Su periodismo demuestra que informar es también formar: formar lectores críticos, conscientes de su entorno y capaces de intervenir en la trama social. Desde el micrófono y el papel, dejó enseñanzas prácticas sobre la verificación, la empatía y la compenetración documental.

Herido el pecho, fatigado el brazo,
con la amargura del titán vencido,
del Barú junto al cráter encendido,
el último doraz detiene el paso.

Presa su tribu del artero lazo
que le tendiera el blanco maldecido,
mira en el horizonte del olvido
del sol doraz el sempiterno ocaso.

Sacude el indio la emplumada frente
y al cielo, como un reto irreverente,
¡airado arroja la guerrera lanza!

Rápido el paso hacia el abismo gira
y en el horror de la grandiosa pira
brilla el último gesto de su raza.»


El aporte de Santiago Anguizola Delgado atraviesa generaciones porque supo combinar la exactitud técnica con la pasión por la comunidad, habló con la voz del pueblo. Su obra es un programa de formación implícito: cómo escribir con belleza y rigor, cómo modular la voz para convocar al otro y cómo ejercer el periodismo con sensibilidad ética. En la memoria colectiva, aún hoy, su nombre se proyecta como sinónimo de periodismo humano y acervo intelectual.

Santiago Anguizola Delgado mostró que la palabra es geografía palpitante y que la voz puede ser brújula para una comunidad en marcha. Gracias a su orientación, la región chiricana aprendió a reconocerse en la poética singular de sí misma, a escucharse, a estar presentes en las ondas hertzianas y a externarse en los medios de prensa. Su legado es una clase interminable donde la belleza de la palabra y el deber público se mancomunan, y donde cada lector, oyente o periodista en ciernes encuentra un modelo: escribir con el corazón claro y la mirada atenta, hablar para sumar, narrar para recordar. Santiago Anguizola Delgado permanece no solo como poeta, sino como maestro de la palabra que supo compartir.

"Rudo soy, es verdad, porque han curtido
mi cuerpo un sol de rutilante llama
y el trajín de la hacienda en que he crecido,

pero en mi pecho un corazón se inflama
que es todo compasión para el dolido
y todo amor para mi dulce dama.

Soy poeta, no más, porgue este suelo
donde tranquila se meció mi cuna
es el florido "Valle de la Luna"
de verdes campos y estrellado cielo.»

Miércoles, 22 de octubre de 2025.

David, República de Chiriquí.

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