Escrito por:
Profesor Edgardo Urriola Espino
La historia de la Biblioteca Nacional de Panamá tiene sus raíces en el siglo XIX, cuando el país aún pertenecía a Colombia.

Hacia 1872, el altruista Sr. Lozada, panameño amante de la lectura, realizó una donación de libros con el propósito de instruir al pueblo. Este gesto marcó el origen de la Biblioteca Popular, ubicada en el barrio de Santa Ana, donde funcionó durante muchos años. Su propósito era ofrecer un espacio de lectura accesible para la
población, contribuyendo a la educación informal de los ciudadanos.
El General Buenaventura Correoso, amigo del Dr. Belisario Porras, recomendó a este ante el General
Rafael Aizpuru, presidente del Estado panameño en ese momento. En 1894,
con tan solo 19 años, Porras fue nombrado bibliotecario oficial. Sin embargo, en los inicios de su gestión, la asistencia del público era mínima. Porras pasaba los días en soledad, leyendo sin descanso y aprovechando el tiempo para redactar artículos que incentivaran al pueblo a visitar la biblioteca. Con el tiempo, sus esfuerzos dieron frutos: la Biblioteca
Popular comenzó a consolidarse como un espacio público de aprendizaje, base para su futura proyección como institución cultural del país.
Hacia 1892, comenzó a gestarse la idea de crear una Biblioteca Nacional, con el objetivo de preservar los bienes patrimoniales y la memoria escrita del país. Belisario Porras desempeñó un papel esencial en este proceso, tanto por su amor a las letras como por su compromiso con la educación del pueblo. Durante su tiempo en la Biblioteca Municipal de Colón, se sentaron las bases para una institución que resguardara el material impreso del Estado de Panamá y que sirviera como símbolo de identidad y patrimonio histórico. En sus primeras décadas, esta biblioteca funcionó en un edificio ubicado detrás de la Presidencia.
Bajo la administración del Presidente Ricardo de la Guardia, se aprobó la Ley N.º 89 del 31 de enero de 1942, considerada la ley orgánica de educación. Esta ley estableció formalmente la Biblioteca Nacional de Panamá como institución bajo la administración del Ministerio de Educación. Inicialmente, la sede se encontraba frente a la Asamblea
Legislativa y funcionó en ese lugar durante varias décadas.
Posteriormente, durante la presidencia del Dr. Aristides Royo en 1982, se planteó la necesidad de un edificio propio debido al constante crecimiento bibliográfico. Se decidió
construir una nueva sede en el Parque Omar Torrijos Herrera, con el propósito de consolidar la institución en un espacio moderno y adecuado.
La inauguración oficial del nuevo edificio tuvo lugar el 24 d sseptiembre de 1987, bajo la presidencia de Arturo del Valle y con la presencia del Ministro de Educación Manuel Solís Palma.
El primer director fue el historiador Ernesto J. Castillero, figura destacada de la historia y cultura panameña.
En 1986, el entonces director Algis
Borrero encargó al profesor Edgar Urriola Espino —quien se desempeñaba como asistente administrativo— la organización del traslado de la biblioteca desde su antigua sede frente a la Asamblea. Este proceso implicó una meticulosa planificación: se diseñó una metodología de transporte, embalaje y registro detallado de los libros por materia, anaquel y piso.
También se trasladó mobiliario histórico, incluyendo los anaqueles de
caoba construidos en 1941 y sillas utilizadas en la primera Junta de Gobierno que firmó el Acta de Separación de Colombia. Algunos
de estos muebles fueron preservados por la profesora Reina Torres de
Araúz, quien rescató piezas de gran valor histórico.
Durante este proceso, Urriola también fue responsable de coordinar la restauración de obras pictóricas pertenecientes al patrimonio nacional. Entre 1986 y 1987, se destinaron espacios dentro de la nueva biblioteca para albergar pinturas de reconocidos artistas panameños como Alfredo Sinclair, Ciro Oduber, Juan Manuel Cedeño, Isaac Benítez, Lili Chan y Mayo Hassan, entre otros. La restauración se realizó con el apoyo del Instituto Nacional de Cultura (INAC) y su Dirección de Patrimonio Histórico, consolidando a la Biblioteca Nacional como un referente cultural y artístico además de literario.
En 1988, bajo la presidencia de Manuel Solís Palma y siendo Ministro de Educación Jorge Arosemena,
el Profesor Edgar Urriola Espino fue nombrado Director de la Biblioteca Nacional, un cargo que asumió con orgullo por la tradición familiar, pues su bisabuelo Belisario Porras había
sido bibliotecario en los inicios de la institución.
Sin embargo, el 20 de diciembre de 1989, durante la invasión estadounidense a Panamá, la biblioteca sufrió un saqueo y severos daños. Muchas obras fueron robadas o vendidas a precios ínfimos, algunas por tan solo B/.5 o B/.10 balboas, pese a su alto valor histórico. Tras la invasión, el personal de la biblioteca, bajo la dirección de Urriola, trabajó arduamente para recuperar y restaurar el patrimonio perdido. Se logró rescatar, entre otras piezas, el retrato
original del Dr. Belisario Porras.
Durante las semanas posteriores, un batallón estadounidense permaneció dentro del edificio. Urriola, como director responsable, conversó repetidas veces con el comandante del batallón solicitando la desocupación, pero la retirada se demoró. Poco después, una tubería del segundo piso se rompió, inundando las bodegas de la hemeroteca y mojando numerosos periódicos históricos. Para salvarlos, los empleados subieron todo el material al último piso y trabajaron día y noche secando hoja por hoja.
Gracias a este esfuerzo, no se perdió ninguna página, demostrando el compromiso del personal con la preservación cultural.
Desde su inauguración oficial en 1942, la Biblioteca Nacional ha tenido una sucesión de directores que dejaron huella en su desarrollo institucional. Entre ellos se destacan Ernesto J. Castillero (1942-1945), Galileo Patiño, Aura María Corro, Bonifacio Pereira, Ana María Jaén, Ángela Alvarado, Carmen Cecilia Lasso, Raquel Zúñiga,
Algis Borrero, Anays de Ferguson, Edgar Urriola Espino (1988-1989) y Argelia Pimentel, quien asumió posteriormente.
Finalmente, la biografía del texto consultado proviene de diversas fuentes, entre ellas el Boletín de la Biblioteca Nacional, escritos de Belisario Porras, manuscritos del escritor Jorge Conte Porras, y la obra del historiador Manuel Octavio Sisnett, lo que da sustento académico y testimonial al relato.


