Repercusiones inmediatas de la guerra en Medio Oriente

En otras palabras, es tiempo para arrancar los proyectos del bioetanol, ampliar la cuenca del Canal y abrir la minería de cobre
Rafael Carles. Empresario y químico industrial
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Más allá de los daños físicos, la Furia Épica ha atemorizado a la economía mundial. Las acciones se desplomaron y el precio del petróleo se disparó un 15%, ya que Irán cerró el Estrecho de Ormuz, por donde pasa una quinta parte del petróleo y el gas del mundo. Arabia Saudita cerró temporalmente su refinería de petróleo de Ras Tanura, una de las más grandes del mundo, tras un ataque con drones. Qatar suspendió la producción y exportación de gas natural licuado.

Lo que ocurre en Medio Oriente puede parecer muy lejano para los panameños. Pero muy pronto comenzaremos a sentir las repercusiones de la guerra, sobre todo al momento de llegar a la caja registradora. Será un recordatorio de que el mundo está interconectado y que la guerra tiene profundos efectos en todo.

Tomemos como ejemplo la comida. Si bien es cierto, lo que está sucediendo en Oriente Medio no afectará la cosecha de cereales, los efectos de la escasez de fertilizantes o de un encarecimiento de los mismos, podrían ser aún más intensos. Los países del Golfo Pérsico son una fuente importante de fertilizantes, necesarios para la mitad de los cultivos de alimentos del mundo. Si el Estrecho de Ormuz permanece bloqueado, los precios de los fertilizantes subirán. Como resultado, los agricultores podrían usar menos en sus cultivos, la producción podría ser menor y los alimentos costarían más.

Cinco de ellos —Irán, Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Baréin— suministran más de un tercio de la urea mundial y casi una cuarta parte del amoníaco. Y todos utilizan el Estrecho de Ormuz para exportar sus productos. Con lo cual, cuanto más se prolongue el conflicto en Medio Oriente, mayor será la probabilidad de que la gente de todo el mundo pague más por los alimentos. Y quienes viven en los países más vulnerables podrían padecer hambre.

Realmente este es un momento muy preocupante para los agricultores del hemisferio norte, que pronto necesitarán fertilizantes para impulsar sus cosechas de primavera. China, la alternativa más obvia para el suministro de fertilizantes, ya impuso restricciones a su exportación, en parte para proteger a sus agricultores del caos geopolítico que provocará esta guerra.

Y con la escasez vienen los precios altos. La semana pasada, el precio de la urea vendida en Egipto subió más del 35%. Si la tendencia continúa, los gobiernos podrían verse obligados a subsidiar el costo de los cultivos. Y eso podría agravar su deuda.

Ciertamente, las crisis traen grandes oportunidades. Y Panamá tiene un momento oportuno para evaluar su entorno externo.

Otro foco de preocupación es el azufre, una sustancia amarilla y pulverulenta que es un subproducto de la refinación de petróleo y gas. El azufre se envía en cargueros a granel a puertos de todo el mundo y luego se utiliza para fabricar fertilizantes fosfatados y metales. Casi la mitad del azufre del mundo se encuentra ahora en el lado este del Estrecho de Ormuz. Aproximadamente una cuarta parte de ese azufre se destina a China, donde se utiliza para fabricar fertilizantes fosfatados. Una proporción similar se envía a Indonesia, tanto como ingrediente para fertilizantes como elemento para producir níquel. Si el azufre escasea, se sentirá con mayor intensidad en Marruecos, donde las fábricas lo utilizan para fabricar fertilizantes fosfatados.

La semana pasada, en conferencia de prensa, el canciller Javier Martínez Acha, aseguró que Panamá, a través de los ministerios de Desarrollo Agropecuario y Relaciones Exteriores, y en seguimiento a la Hoja de Ruta de Cooperación firmada en junio de 2025 entre los cancilleres de Panamá y el Reino de Marruecos, gestionó la donación anual de mil toneladas de fertilizantes por parte del Reino de Marruecos, principalmente para uso de pequeños productores.

Panamá consume aproximadamente 100 mil toneladas de fertilizantes al año, que incluye urea, nitratos y fosfatos. Casi la totalidad de estos insumos son importados desde Rusia. En el pasado, Panamá se ha visto más afectado que otros países por la volatilidad de precios y escasez de suministro, por su alta dependencia externa y un consumo de fertilizantes y plaguicidas superior al promedio centroamericano.

Siempre se ha dicho que de los grandes momentos nacen grandes oportunidades. Y las crisis son momentos donde se logran reinventar y crear nuevas ideas para solucionar viejos problemas. Y el tema de la comida siempre ha sido un problema para los países y una pesadilla para los gobiernos. Por tanto, el momento es propicio para evaluar nuestra cadena agroalimentaria y analizar cada uno de sus puntos críticos, y así encontrar mecanismos que garanticen la seguridad alimentaria y nutricional de la población.

Aunque la mencionada donación de mil toneladas de fertilizantes alcanza si acaso para tres días de consumo, el convenio con Marruecos tiene un componente en que la Agencia Marroquí de Cooperación Internacional (AMCI) elaborará un mapa de fertilidad de suelos y buscará alternativas para que Panamá sea menos dependiente del uso de fertilizantes.

Ciertamente, las crisis traen grandes oportunidades. Y Panamá tiene un momento oportuno para evaluar su entorno externo, examinar sus ventajas comparativas, identificar sus fortalezas internas y explotar las oportunidades. En otras palabras, es tiempo para arrancar los proyectos del bioetanol, ampliar la cuenca del Canal y abrir la minería de cobre. Porque en el rejuego de las materias primas, el país debe estar preparado para poder ofrecer algo y cambiarlo por aquello que necesite, así sea el caso. 

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