Los pueblos que cambian su destino no lo hacen solamente con planes o discursos. Lo hacen cuando despierta en ellos el orgullo de lo que son.
Hoy quiero hablarle directamente a Chiriquí. Porque Chiriquí no es solamente una provincia próspera de Panamá. Es también una tierra que ha cultivado un carácter propio: una mezcla de trabajo, disciplina, amor por la tierra y profunda dignidad.
Y fue ese mismo espíritu el que inspiró a una generación de hombres que marcaron la historia de la provincia: los Caballeros del Barú.
Aquellos ciudadanos comprendieron que el progreso de Chiriquí no dependía de esperar decisiones de otros, sino de asumir con orgullo la responsabilidad de construir su propio destino.
Ese orgullo ha sido, durante generaciones, la fuerza que ha levantado a esta tierra.
Para mí, ese recuerdo tiene un significado muy personal. Mi padre fue Caballero del Barú. Y cuando yo tenía apenas doce años, fui juramentado como Caballero del Barú.
A pesar de los años transcurridos, todavía siento la emoción de aquel momento.
El poeta chiricano Santiago Anguizola Delgado expresó ese sentimiento en un verso que todavía resuena en el corazón de la provincia: “¡Que es mi orgullo mayor ser chiricano!”
Ese orgullo ha sido, durante generaciones, la fuerza que ha levantado a esta tierra. Y si ese orgullo vuelve a despertar para conquistar el conocimiento, para abrir las puertas al talento del mundo y para convertir a David en una gran ciudad universitaria, entonces las futuras generaciones podrán decir que hubo un momento en que Chiriquí escuchó el llamado de su historia.
Y respondió: Porque cuando despierta el orgullo de Chiriquí, no sólo se honra el pasado: se funda el porvenir.


